6:04 de la mañana. Todo tiembla. Tiemblan los critales, tiemblan los cuadros, tiembla el despertador, tiembla el radiador, tiembla tiembla y tiembla
y el vaso de agua con mi dentadura baila de la mesita de noche
y estalla contra el suelo. Recojo la dentada, doy un brinco y me pongo bajo la puerta. LLamo a la parienta, pero sus ronquidos no la despiertan ni con un terremoto.
Un cascote cae sobre el perro y le hace chillar como un patito de goma.
¡Uh! ¡Un cortocircuito! Ahora me alegro de no haber hecho caso a mi suegro y haber puesto gas natural. Bajo el dintel de la puerta me siento como en el límite de bien y del mal.
Desde allí oigo como los jovenes que vuelven de fiesta gritan como perras. Se están meando encima todo el botellón.
Los coches se amontonan como jugando al churro media manga
mangotero. Que se jodan ellos y sus porculeros claxon.
La parienta se despierta;
-¿Qué haces?- me dice.
-Agito el edificio.
-Vuelve a la cama.
Alguien llama a la puerta. El cretino del vecino, jodido páter familias del opus, nunca me deja en paz.
-Vecino, vecino. En la radio dicen que esto no es un seismo normal.
-No, tiene pinta de simulacro.
Le cierro la puerta en las narices para no cederle ni un ápice de seguridad.
Vuelvo bajo el limite del dormitorio. El perro, al contrario de lo que dicen los diarios de seguridad japoneses frente a seismos, ha retornado rápidamente a su actividad cotidiana; dormir. Quizás me escuchó decir que era un simulacro.
Puse la radio para informarme. El ruido rosa era un cortina, a la cual tuve que subir el volumen al máximo, pues en la calle la estaban liando parda. Pense en tiarles un huevo pero bastante tenian con lo suyo. Enchufe los cascos y de pronto,
allí estaba. Jose María García y el carrusel deportivo, ¡sí señor!. Dormí como un niño, tranquilo, con el atleti en champions, con el mundo
hundiendose bajo mi somier.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)